EL LIBRO SECO

Rafael España Amador

 

Siempre me ha gustado caminar descalzo por la playa en las madrugadas, escuchar las olas es quizá el placer que más disfruto, siempre cargo una grabadora de periodista y grabo todas las olas de todas las playas que he visitado: Australia, India, Sudáfrica, Costa de Marfil, Río de Janeiro, Isla Margarita...  Alguna vez un profesor de cálculo me dijo que existía una isla cerca de Hawai de 25 metros de radio, perfectamente redonda pero que casi nadie conocía, inclusive no aparecía en los mapas y, por alguna extraña razón, tampoco aparecía en las fotos satelitales; supuestamente el mar sonaba distinto en aquella isla a cualquier otro lugar del mundo.

 

Sin reparos, en una semana de receso de clases, emprendí mi viaje, llegué a Hawai y contraté a una persona que conocía muy bien las Islas y le pedí que me llevara a las coordenadas que me había facilitado el profesor.  Fuimos en helicóptero pero el piloto no quiso aterrizar, así que lo invité a  que se acercara lo suficiente al suelo como para que yo pudiese bajar por una escalera colgante mientras él me esperaba en el aire.

 

Efectivamente, cuando pisé suelo sentí un sonido que nunca había escuchado en toda mi vida, ¡era un sonido celestial porque venía absolutamente de todos lados al igual que la brisa!

 

Caminando por la orilla de la isla, encontré un libro que llegó arrastrado por las olas.  Fue la sensación más extraña que mis ojos pudieron percibir porque el libro se encontraba húmedo solo en las tapas, pero las hojas se encontraban totalmente secas.

 

Cuando lo abrí traté de encontrar la primera página pero me fue imposible, cada vez que agarraba una hoja aparecía otra entre la portada del libro y ella.  Desafortunadamente rasgué muchas hojas porque éstas eran muy delgadas, tanto que si miraba alguna por el borde se veía invisible y yo alcanzaba a dudar que estuviese en mis manos, solo voltearla un poco me daba la seguridad de que ahí estaba, así yo no la viera por completo ni la sintiera.  Otra cosa que me parecía extraña era la numeración que tenía, porque los números se encontraban en desorden.  Traté de avanzar página por página pero me sucedía lo mismo que al intentar encontrar la primera.  Pensé que el libro tenía infinitas páginas, pero me reservaba mis dudas.

 

Si existieran infinitas hojas entre dos tapas de cuero que al parecer ocupaban un espacio finito, y tratara de llegar a una página hoja por hoja, nunca llegaría.  Hice la prueba de la siguiente manera:  doblé la esquina de la parte de abajo de la hoja en la que me encontraba y cerré el libro; luego al abrirlo, tuve cuidado de que no estuviera en una página más adelantada que la que doblé y empecé a deslizar las hojas con mi dedo pulgar muy rápidamente.  ¡Otro impacto para mis sentidos! Yo veía las hojas moverse por la fuerza que aplicaba con mi mano y el pulgar, pero solo era ahí porque si miraba de lejos parecía que siempre estuviera en el mismo lugar del libro.

 

Sin embargo mis dudas continuaron y sólo lograron aclararse cuando volvió a mi cabeza la pregunta del por qué el libro se encontraba seco. Pensé que si a cada página le correspondiera una gota de un determinado volumen de agua siempre igual para que ésta se mojara, ¿por qué estaba seco?.  La respuesta fue relativamente fácil pero a la vez me dejó perplejo: ¡se necesitaban infinitas gotas de agua del mismo tamaño para poder mojar infinitas páginas y siendo el mar tan extenso, sin embargo estaba casi completamente seguro que las gotas que lo conformaban podrían ser contadas, no sé cual sería el método, pero que se podía se podía.  Era un libro con infinitas páginas y por alguna coincidencia yo siempre hojeaba las que se encontraban secas.

 

En ese momento el piloto me hizo señas de apresurarme porque la marea estaba subiendo y posiblemente la isla se hundiría.  Agarré el libro fuertemente mientras grababa las olas y trataba de que en mi memoria quedara el sentimiento de aquella maravillosa brisa.  Aquella brisa que se aprovechó de mi nerviosismo por las alturas mientras subía por la escalera y me disparó millones de moléculas de oxígeno que hicieron que el libro se me resbalara.

 

Siempre he tratado de volver, pero nunca encuentro tal isla... quizá el calentamiento global hizo que se sumergiera, quizá esta sencillamente desapareció... traté de contarle a mi profesor de cálculo, pero nunca lo encontré y, por más que averigüé, nunca me dieron razón de algún registro de aquella persona.